
Cómo construir un robot — 20 de marzo 2026, Toulouse, en mi sillón
Esta es la bitácora de cómo construir un robot.
Primero pregúntate:
¿por qué quiero construir un robot?
¿mi robot se parece a mí o a ti?
¿el robot del supermercado se parece a ti o a mí?
¿el cajero automático es un robot?
¿por qué los robots están por todos lados?
¿quién le dio sentido a la palabra “robotizado”?
Así me siento cuando pasa el tiempo y el tiempo me falta: robotizado.
En estado de automatización.
Mis motores, mis piernas.
Mis piernas, mis ruedas.
Mis ruedas ruedan como mis ojos ruedan hacia ti.
¿Por qué no me miras a los ojos?
¿te doy miedo?
¿te gusto?
¿qué miras que no quieres mirar?
Eso es algo que un robot hace: mira sin mirar.
Los ojos se le mueven, pero nunca mira en realidad.
Siempre hace ese guiño que enamora,
pero nunca encara la verdad.
Bueno… regresando al tutorial de cómo construir un robot.
Ya que respondiste la primera pregunta, pregúntate:
¿cuál será el código con el que funcione?
¿Código abierto?
¿Arduino?
¿C?
Todo esto, querido lector, es como el lenguaje entre personas.
Cada día me doy cuenta de lo mal que hablo francés.
Hago frases al estilo Cantinflas… pero en francés.
Por Dios, los franceses no entienden cuando les digo:
“no le pongas tanta mantequilla a tu pan porque engordas”…
cuando en realidad quiero decir: “estás hablando de más”.
Sé que no quieres construir un robot realmente.
Lo que quieres es que te amen.
Y ya lo tienes.
Yo te amo.
Te amo desde el primer día que te vi.
Pero no te confundas:
te amo de la misma manera que tú te amas a ti misma.
Es confuso, lo sé.
Pero ¿qué no lo es en la vida?
Este tutorial es confuso.
Pero si continúas conmigo, te prometo que lo vamos a lograr:
vamos a construir nuestro propio robot.
Un robot hecho de materiales reciclados.
Como reciclado tengo el alma, los sentimientos.
Ya no hay nada nuevo.
Lo nuevo dejó de existir hace 200 millones de años.
Extraño a Dios.
Dios no es un robot.
Dios nos programó para ser autónomos, no automáticos.
Paso número 3: nombra a tu robot
Como sugerencia, siempre usa “3000” al final del nombre:
Luz 3000,
Pantalla 3D 3000…
Entre más 3, mejor.
El amor a tres es mejor.
Una familia de tres es mejor.
Un trío es mejor.
Un triplete es mejor.
3000 es tres mil veces mejor.
Hace tiempo quería decirte esto:
sí, construí un robot.
Es mi pasión actual.
Reparar robots es mi segunda pasión.
Me gustaría poder reparar mi soledad
como reparo luces robóticas.
Siempre supe que viviría sin ti.
Que aprendería a estar sin ti.
Que soltaría mi equipaje
y viviría simple.
Sería ese que dicen:
“míralo, parece todo menos un robot”.
Parece un humano imperfecto,
demostrativo,
vivo.
Un robot es predecible.
Es espectacular.
Es calculador.
Son cosas que admiro.
Que veo en mí.
Pero que no duran todo el día como prioridad.
Hace tanto tiempo que no vine a verte.
Y no fue porque no quería.
Siempre estás ahí, conmigo.
Es solo que me fue más fácil escribir sobre otras cosas.
La idea es simple:
¿por qué una máquina debería tener todo lo que tiene?
En mi camino, yo fui una máquina.
Una máquina para trabajar.
Trabajar la tierra,
trabajar una canción,
trabajar un poema,
una máquina del espectáculo.
Y lo más triste es que, a veces,
las máquinas parecen no avanzar.
Parecen simples.
No tan sólidas, no tan robustas.
Pero de pronto sorprenden,
y avanzan rápido.
Y otras veces resisten mucho,
porque son valientes.
Hoy hago proyectos personales
y me permito presentar a personas con sus escritos.
Porque una parte de mí siempre quiso escribirte,
siempre quiso ser leído.
Tal vez dejé de perseguir eso.
Uno de los miles de objetivos que tengo.
Sin querer, la vida me mostró
cuánto las personas pueden amar,
cuánto pueden dar.
Esa es la clave.
No porque alguien te mire feo
significa que el mundo te mira así.
Posible si sonríes un poco más.
Ese siempre es un buen inicio.
La vida es corta.
Es una profunda lectura.
Yo no sé hacer listas.
Eso sí es seguro.
Pero escribir sobre mí
es tan egoísta
como pensar que no soy una máquina.
Tomo café y siento que es mi petróleo.
Tomo agua y siento que es mi anticongelante.
Soy una máquina de amor.
Amor, amor, amor.
Y sin duda la vida tiene esos momentos:
cuando tú y ella se miran,
se observan las bocas,
los dientes,
y sabes incluso si tienes un moco.
Que chingue su madre el moco.
Que chingue su madre el cáncer.
El día que decidí sonreír,
ese día supe
que hay muchos problemas
y que cada uno tiene solución.
A veces es solo decir:
“ya veremos después”.
A veces es hacer lo que te toca hacer.
Sentirte triste un ratito,
luego ponerte chulo
y salir a la calle.
Porque ese maquinón
necesita ser apreciado.
Y ahora…
regresando a las personas y las máquinas:
¿te diste cuenta de que nos estamos reeducando constantemente por las máquinas?
Quieras o no, ya están ahí.
Tirando, pidiendo dinero,
dignidad,
todo lo relacionado con la vida humana.
Y aun así…
la vida es bella.
Ayer fui al banco.
Ya sabes: luz blanca, todo cuadrado, práctico, corporativo.
Da confianza… raro, ¿no?
El tipo parecía frío,
como si el dinero no calentara.
Yo siempre pensé que el dinero calentaba.
Pero bueno.
Le pregunté si era gratis meter dinero en mi cuenta.
Me dijo: “obvio que sí, señor”.
Y le dije:
“pues pregunto, uno nunca sabe… es el banco”.
Me reí como demonio.
Él se rió como demonio.
Y me dijo:
“posible en vuestro pueblo pase, pero aquí no”.
Y nos reímos.
Y pensé: qué cool que no es personal.
Es una idea de lo que es el banco.
Con una máquina no pasa eso.
Y por eso es una mierda.
Aunque tenga IA.
Aunque hable.
Aunque escuche.
La máquina está ahí para servir.
Está hecha por mí.
Pero eso no significa
que te deba robar.
No te dejes nunca robar.
Y menos por un robot.
